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EVA

No está muy claro cómo fue que Adán cuando Dios le arrancó la costilla ni siquiera se despertó.

Lo cierto es que la soledad había llegado al primer hombre tan sigilosa como una serpiente. Reptando se le había ido subiendo al alma mientras Adán se zambullía en el río, recorría los prados, se aliviaba el calor y la sed en el agua clara; mientras él comía hasta saciarse de todos los frutos al alcance de su mano y poseía desde lo más alto, de solo verlo: el Paraíso.

Un día, cuando el sol era un crepúsculo en sus manos Adán sintió una mordida helada en el corazón. Extrañó de pronto la mirada en el fondo de otros ojos, la voz que rompiera con su nombre el silencio de las estrellas, el oído para abrir con su palabra un mar de peces plateados y, otra boca, para poner la suya.

Apretó los ojos y poco a poco se quedó dormido. Tan profundamente dormido lo vio Dios, que se animó a arrancarle una costilla.

Por las Escrituras podemos suponer que en las manos de Dios aquella costilla estaba predestinada a ser su obra maestra, pues ya había estado practicando durante siete días. Así que reunió un poco de luz que le había sobrado del universo, y confeccionó con ella algunas cosas que le parecieron buenas y que, aunque al hombre ya se las había dado, las quiso desplegar con mayor abundancia en su nueva creatura: amor, ternura, sacrificio.

Comenzó a hacer proyectos con esa luz y recicló unos moldes que le habían sobrado de las dunas del Sahara. Al terminar Dios llamó a su obra: "MUJER". Luego se volvió a Adán que, como sabemos, tenía el sueño muy pesado, y le gritó: “¡Y tú, a ver si te despiertas!”

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