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EL CAMAROTE DEL ÁRBOL






























El señor Cruces cortó ramas de una jacaranda, un hule y un palofierro en el jardín trasero de su casa , y en el claro que abrió en medio de las frondas montó sobre los troncos y dos pilares un prodigio de curiosidad y paciencia.

Desde que se va subiendo entre las ramas de la jacaranda florida por los peldaños de la empalizada recubierta con redes de pescar, bajo un diluvio de flores moradas, se siente que se va dejando la ciudad y el tiempo. Y a uno lo va envolviendo una de las fantasías mejor logradas en Tijuana. Se trata del más extraordinario camarote de barco del siglo XVIII el que, a falta de mar y barco, el Sr. Manuel Cruces construyó sobre las ramas de sus árboles en el jardín de su casa.

Me pidió cuidar su casa mientras él y su esposa pasan una semana en la Ciudad de México. Por supuesto que desprecié el sofá de la sala y me encaramé a la aventura que me tenía prometida este camarote de barco en las ramas, desde donde ahora escribo esto al capricho de mareas que me remontan.

Yo sé que la gente no gusta de descripciones, pero al menos voy a mencionarles los tipos de objetos que me rodean y que el Sr. Cruces, desafiando el tiempo y la distancia, fue recogiendo durante su vida en casas de antigüedades, mercados y viajes por el mundo, para reunirlos en armoniosa convivencia al interior de este recinto. Excepto mi laptop sobre el escritorio de madera, entre los múltiples y variados muebles y objetos que dan confort y decoran este sitio, puedo decir que todos fueron hechos por manos de hombres que murieron mucho antes de que yo naciera. Describir este interior tan cuidadosa y artísticamente acomodado, sería tarea harto fatigosa. Así que, sin otro orden que el que se me presenta a la vista así se los refiero: baúles (y no vacíos), mosquetones, arcabuces, pistolas, espadas, escafandras de bronce, una réplica del Nautilius de metro y medio pendiendo de dos soportes en la pared, una pecera con su gorgoreo ininterrumpido donde hay tres Golddfish jugando a las escondidas entre pequeñas rocas y algas artificiales, globos terráqueos, astrolabios, sextantes, barcos y faros en miniatura, cuadros de escenas marinas, conchas, caracoles, una rueda de timón, una costilla de ballena colgando del techo, pistolas, instrumentos antiguos de medición, relojes de pared, linternas, corales, esculturas de animales marinos, libros, muchos libros antiguos de viajes y aventuras, entre los que descuella la colección más completa de Julio Verne que yo haya visto, incluso con algunos ejemplares directamente en francés. Dejada sobre el escritorio, como al azar, está una bitácora de viaje de navegación, escrita e ilustrada a mano por el propio Sr. Cruces, describiendo historias de viajes que él se inventó con gran sentido del humor. Hay también mapas, cartas de navegación, brújulas, botellas, un ancla, molduras, mascarones. El infaltable tesoro está en el ángulo superior que hace la pared con el techo, con sus jarrones rebosantes, candelabros, y recipientes de caprichosas figuras, cofres abiertos con perlas derramadas. El mobiliario principal lo hacen un escritorio con lámpara de mesa, la silla y una cama donde duermo yo. Al fondo hay una puerta de metal ribeteada con remaches y una ventana redonda, que da al baño, cuya limpieza y comodidades nada envidia al de cualquier casa, provisto de retrete, lavamanos, regadera con agua caliente, toallas dobladas, y donde el talento escenográfico del Sr. Cruces siguió haciendo de las suyas con botellas azules, figuras y cristales translucidos.

Acá arriba de los árboles mientras yo voy enfilando en mi bajel fuera del tiempo confieso que a veces me invade una especie de temor dormirme y despertar en una isla remota sin Internet. Mas aún me quedará el recurso de lanzarles una botella al mar.

Saludos desde este camarote que el Sr. Cruces construyó sobre los árboles de su casa.

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