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Gerry

Gerry tiene 85 años y muchos planes para hacer negocios. Uno de ellos consiste en un aerosol saborizante para panes dulces; también me habló de su corbata doble cara y de un extensor de sombra para colocarse en la visera del auto. Me cuenta todo ésto virándose hacia mi mesa, agrandando mucho los ojos que, entre sorbo y sorbo, levanta de su plato. Agrega que recién se compró una laptop y un celular para iniciar sus pesquizas en busca de un socio capitalista para desarrollar sus inventos. Armandito, mi hijo de un año lo observa con atención, e imita los gestos que el viejo le persuade de hacer, como abrir y cerrar la mano. “Babies like to copy” -puntualiza el anciano. Añade que su instructor es un joven hispano de nombre José, que vive solo en un trailer a espaldas de su casa. Me propone presentármelo, que yo no quedaría defraudado de su talento para componer canciones. Al despedirnos le tiendo mi mano, que él retiene mientras con la otra aprieta suavemente mi brazo, anticipándose a la resignación de lo inútil de sugetarse a ella antes de volver a hundirse en la inmensa soledad oceánica de los ancianos de 85 en las mesas de los restaurantes urbanos de Estados Unidos.





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