Cubrí el piso de cartulinas blancas y coloqué en medio un puñado de crayolas. Le abrí la portezuela y suavemente lo empujé adentro del corralito. El niño avanzó trastabillando hasta el pequeño promontorio de crayolas. Se acuclilló y jugó con ellas. Se las llevaba a la boca, las arrojaba al piso, las volvía a coger, las frotaba entre sí hasta que, accidentalmente --como por arte de magia-- descubrió en la superficie blanca el nacimiento de una raya.
Había una vez un municipio llamado Tijuanela en elecciones. Los candidatos miraban desde paredes y postes con ojos de papel las calles de la ciudad. Subidos en mantas y espectaculares gritaban frases como “Tijuanela merece más!” o “La esperanza de Tijuanela!” o “Hagámoslo juntos!” y hasta “Por un gobierno que robe menos”. Otros callaban en sus carteles, limitándose a sonreír o poner cara de circunstancia, como si hubieran llegado tarde a la repartición de frases. Cuando el tiempo estaba bueno y no hacía mucho calor, los candidatos bajaban de paredes y mantas y se iban a tocar puertas. Desde el micrófono en los estrados prometían más o menos las mismas cosas: seguridad, justicia o justicia, seguridad; transporte, vialidades o vialidades, transporte… alineando la secuencia con la ideológica de sus partidos. Se les veía muy animados y hasta contentos a los candidatos, como si quisieran contagiar de su entusiasmo al electorado. Sus alocuciones a un punto de la exposición llega...

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