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La primera raya



Cubrí el piso de cartulinas blancas y coloqué en medio un puñado de crayolas. Le abrí la portezuela y suavemente lo empujé adentro del corralito. El niño avanzó trastabillando hasta el pequeño promontorio de crayolas. Se acuclilló y jugó con ellas. Se las llevaba a la boca, las arrojaba al piso, las volvía a coger, las frotaba entre sí hasta que, accidentalmente --como por arte de magia-- descubrió en la superficie blanca el nacimiento de una raya.

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