Las calles de Ciudad Juárez lucen desiertas. Pocos bultos humanos se mueven por las aceras: lentos hombres enchamarrados con las manos metidas en los bolsillos. La desconfianza escondió a la gente que se asoma sin acabar de entender lo que pasó ni su futuro. Hay negocios abandonados, letreros rotos que se va comiendo el polvo, gasolineras vacías. Desde El Paso, Texas, el caserío de Ciudad Juárez, Chihuahua, es un relieve irredento de techos aplastados contra el fondo de áridas montañas y desierto. En el aire seco y duro flota una pregunta dolorosa, ¿cómo resistirse a la desesperanza?
Había una vez un municipio llamado Tijuanela en elecciones. Los candidatos miraban desde paredes y postes con ojos de papel las calles de la ciudad. Subidos en mantas y espectaculares gritaban frases como “Tijuanela merece más!” o “La esperanza de Tijuanela!” o “Hagámoslo juntos!” y hasta “Por un gobierno que robe menos”. Otros callaban en sus carteles, limitándose a sonreír o poner cara de circunstancia, como si hubieran llegado tarde a la repartición de frases. Cuando el tiempo estaba bueno y no hacía mucho calor, los candidatos bajaban de paredes y mantas y se iban a tocar puertas. Desde el micrófono en los estrados prometían más o menos las mismas cosas: seguridad, justicia o justicia, seguridad; transporte, vialidades o vialidades, transporte… alineando la secuencia con la ideológica de sus partidos. Se les veía muy animados y hasta contentos a los candidatos, como si quisieran contagiar de su entusiasmo al electorado. Sus alocuciones a un punto de la exposición llega...
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