Esta mañana me despertó un ligero escozor en la punta de la nariz. Al abrir los ojos me encontré con los de mi hijo, mirándome desde su temprana infancia de un año con siete meses. El conjunto de sus ojos curiosos enmarcados por el ligero esbozo de una sonrisa denotaba inteligencia y una inmensa dulzura que nunca quisiera olvidar. Tenía su dedo índice apoyado en la punta de mi nariz y así, como si estuviera señalándome, dijo suavemente: “papá!”.
Había una vez un municipio llamado Tijuanela en elecciones. Los candidatos miraban desde paredes y postes con ojos de papel las calles de la ciudad. Subidos en mantas y espectaculares gritaban frases como “Tijuanela merece más!” o “La esperanza de Tijuanela!” o “Hagámoslo juntos!” y hasta “Por un gobierno que robe menos”. Otros callaban en sus carteles, limitándose a sonreír o poner cara de circunstancia, como si hubieran llegado tarde a la repartición de frases. Cuando el tiempo estaba bueno y no hacía mucho calor, los candidatos bajaban de paredes y mantas y se iban a tocar puertas. Desde el micrófono en los estrados prometían más o menos las mismas cosas: seguridad, justicia o justicia, seguridad; transporte, vialidades o vialidades, transporte… alineando la secuencia con la ideológica de sus partidos. Se les veía muy animados y hasta contentos a los candidatos, como si quisieran contagiar de su entusiasmo al electorado. Sus alocuciones a un punto de la exposición llega...
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